No suelo quedarme sentada una hora viendo una telenovela, algunas veces acompaño a mi madre mientras las ve, aunque haya ocasiones en que sean demasiado intolerables la serie de burdas/cursis/ridículas circunstancias que nos ejemplifican ahí y termine huyendo.
Curiosamente mi mofa hacia ellas ha caído en la cuenta de que algunas historias de la vida real se asemejan un poco a lo que algunas veces vi en la pantalla chica.
Así es como de repente en mi vida, hay una serie de eventos cruciales que han determinado tanto relaciones mías como las de otros a mi al rededor. Sobre todo aquellas que te imaginas no pueden pasar.
En la vida real hay más gritos y más peleas que en las telenovelas. Hay más acción, hay menos farsa, en la vida real las mujeres (no todas) no somos muñequitas perfectas, ni después de pasar una noche con alguien amanecemos sin maquillaje y perfectas. En la vida real el amor despeina, engorda, frustra, idiotiza, el alcohol si mata, las traiciones violentan la confianza, algunas veces todo se repara y otras se quedan sin futuro.
En la vida real las personas no se perdonan con la facilidad de decir perdón, hay orgullo, necedad, incomprensión, imposición. No se termina perdonando al villano, y ni alabando al bueno. Más allá de la pantalla chica todos tenemos una máscara a veces negra, a veces blanca, a veces gris, no somos un todo, no todas nuestras relaciones son exitosas, a veces cambiamos a veces no.
En la vida real no hay dobles, la gente de verdad muere, la huella de una pérdida dura más de doscientos capítulos.
Nosotros mismos no somos personajes planeados, destinados a algo, nuestras circunstancias nos van definiendo. Pero hay historias reales que te quitan el aliento de lo parecido e impredecibles que son que parece que las viste alguna vez con tu mamá mientras lloraba en el sofá, sin embargo es de esas veces en que puedes tocar las lágrimas, pensando, en qué hay adelante algo mejor de lo que hubo en el capítulo anterior.